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Una de las más célebres canciones de Julio Iglesia empieza: “tropecé de nuevo con la misma piedra en cuestión de amores nunca aprenderé….yo que había jurado no jugar con ella….tropecé de nuevo y con el mismo pie…”. Y es que muchas veces nos descubrimos a nosotros mismos cometiendo errores que ya hemos cometido antes, repitiéndolos de la misma manera y hasta con la misma persona.

Por otra parte, hay un viejo refrán que reza así: “el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. Pero esto debe ser mentira por la simple razón de que todas los animales necesitan aprender. Por ejemplo, cuando se educa a un animal, digamos un perro, ante una acción negativa normalmente para que “aprenda” se le castiga.

El aprendizaje requiere tiempo

Una situación típica y recomendable sería, si un perro hace sus necesidades dentro de la casa, llevarlo ante su caca y sonar un periódico cerca de él mientras se le habla con tono fuerte. Como el perro es muy sensible auditivamente, el sonido del periódico le resulta muy desagradable y constituye un castigo que le hará pensarlo dos veces antes de volver a cometer la misma acción.

Sin embargo, es probable que la vuelva a cometer un par de veces hasta que “aprenda” que su dueño se disgusta y que esa acción genera una reacción (el sonido del periódico) que le resulta desagradable. Al contrario, cuando el perro hace sus necesidades en el parque, cuando lo sacamos a pasear, los entrenadores recomiendan reforzar esto con un “premio” (una caricia, una galleta, etc.).

Hasta que el animal aprende que las consecuencias de hacer sus necesidades en la casa son desagradables y las consecuencias de hacerlo en el parque son agradables, requiere generalmente algunas repeticiones, puede que no muchas. Por lo que podemos ver que ese refrán que sugiere que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra es falso, todos lo hacen porque todos van aprendiendo.

Los patrones de conducta nos conducen a tropezar siempre con la misma piedra

una piedra en el caminoEn cualquier caso, el hombre es el único animal que puede tropezar indefinidamente con la misma piedra, porque lo que sí es verdad es que un animal aprende rápido, y no porque tenga una inteligencia superior a la del hombre, sino precisamente por todo lo contrario. Si le damos al suelo con el periódico cerca de la caca del perro, el perro se limitará a asociar la caca en el salón y el sonido del periódico. Pero si el perro pensara como humano podría pasar por toda una serie de reflexiones absurdas y contradictorias, producto de su inteligencia que a veces le juega malas pasadas.

Y es que existen lo que se llaman patrones de conducta, que son esas formas que tenemos de relacionarnos con el mundo y que muchas veces son inconscientes, adquiridas en nuestra infancia y que, aunque no siempre nos hacen felices, si nos proporcionan una sensación de seguridad y nos permiten permanecer en nuestra área de confort. Pues no, los malos hábitos, así como cometer los mismos errores una y otra vez no nos hacen sentir precisamente bien, pero, aunque parezca una locura, nos hace sentir seguros.

Por ejemplo, una persona que cae en una adicción es la muestra fehaciente de que podemos tropezar, no dos sino diez millones de veces con la misma piedra. De hecho podemos pasar la vida entera cometiendo el mismo error una y otra vez hasta que se nos acaba la vida (no el error). Y es que muchas veces esto es producto de una actuación inconsciente.

Cuando alguien nos dice “No sé lo que me pasó, fue amor a primera vista”, lo más probable no es que Cupido pasara por ahí y decidiera clavarle una flecha a quien emite esta afirmación. Casi con seguridad esta persona habrá reconocido a nivel inconsciente una serie de características que le garantizan que de quien supuestamente “se enamoró locamente”, le va a dar eso que está necesitando.

Vamos a poner un ejemplo extremo: una mujer cuyo padre fue alcohólico y cuya madre, a la que ella quiso y respetó muchísimo se dedicó a cuidarlo y a tolerar su alcoholismo. Este padre alcohólico le habría dado a esta niña una forma de amor “condimentada” con su adicción. Por ejemplo, es probable que en sus momentos eufóricos (que son habituales en los alcohólicos) le dijera todo tipo de cosas bonitas y hasta tuviera con ella gestos extremos y muy tiernos y amorosos; pero luego, en su fase depresiva o en los momentos en los que la resaca lo pusiera de mal humor, tuviese actitudes distantes, egoístas y hasta crueles con la pequeña niña.

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Este “patrón” de conducta probablemente también lo repetiría con su mujer. La niña aprenderá que “así es el amor”, se va a los extremos, un día te adora y al otro te detesta y te dice cosas desagradables.

Esto queda guardado en el inconsciente. Queda oculto en sus más recónditos recuerdos. Y aunque la niña crece y estudia y aprende lo que es el alcoholismo y a lo mejor decide conscientemente que no quiere un alcohólico en su vida, lo más probable es que su inconsciente la traicione y un día, en la oficina, se sienta terriblemente atraída por ese compañero que a veces llega tarde, que a veces llega con la misma ropa del día anterior o que tiene ciertos rasgos que aunque a primera vista no indican nada, prefiguran a ese alcohólico que fue su padre.

Pongamos que cuando esta niña se enamora de este hombre “locamente”, él aún solamente bebe demasiado, pero no puede decirse que sea alcohólico, a lo mejor solamente es un poco fiestero. Luego, pasados unos años de matrimonio resulta que el hombre sale “idéntico” a su padre y ella se siente “idéntica” a su madre. Y es que en lo más recóndito de su inconsciente eso es lo que ella entiende por “familia”.

Esta mujer podría decir, mientras se divorcia, que tuvo “mala suerte”, lo cual significa entregarle la responsabilidad de sus decisiones a la fortuna o el destino. Es por eso que la mayoría de los tratamientos psicológicos o la cura de las adicciones pasa por responsabilizarnos a nosotros mismos de lo que nos ocurre. Es decir, aunque la pequeña niña no tuvo nada que ver con el hecho de que su padre fuera alcohólico, lo más probable es que la mujer que escogió casarse con un alcohólico sea la absoluta responsable de su situación.

“¿Pero cómo? Yo no sabía que era un alcohólico cuando me casé con él?”, nos dirá muy ofendida esta mujer. Pero resulta que un alcohólico no es alcohólico porque bebe solamente. Un alcohólico tiene una serie de características que si no lo empujan a la adicción por el alcohol, lo empujarán a la adicción por el juego, o por el sexo o por casi cualquier cosa, ya que se trata de una personalidad adictiva, y esto es un patrón de conducta, que empieza, al igual que la protagonista de nuestra historia por no hacernos responsables de nuestros actos.

Pero que también se basa en una serie de características que si bien, nuestra parte consciente no ve, nuestra parte inconsciente sí y se aferra a ellas. Si la mujer revisa con meticulosidad (y sinceridad) su memoria, quizá se pueda dar cuenta, de que esta persona de la que se enamoró locamente tenía los rasgos típicos de los adictos. Es probable que siempre se quejara de que los demás no lo comprendían, de que los demás lo atacaban, de que tenía mala suerte, etc.

Si la mujer de nuestra historia no es capaz de asumir la responsabilidad de su elección y hacer una reflexión consciente de lo que le ha ocurrido, es bien probable que se divorcie de este alcohólico para casarse unos años después con otro, ya que hay otro refrán que dice que la vida es una maestra excelente, ya que las lecciones que no aprendemos nos las vuelve a repetir.

Es por eso que podemos tropezar muchas veces con la misma piedra, porque esa piedra, alcohólica y todo, nos hace sentir seguros.

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