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Somos capaces de sentir un amplio abanico de emociones, pero de entre todas ellas, quizás la que más destaca sobre el resto porque direcciona nuestra vida es el deseo, porque ésta es la emoción más fundamental en el ser humano según el Budismo y la Psicología Occidental. Freud por ejemplo lo consideraba el motor principal de nuestras conductas. El deseo siempre nos impulsa a esperar algo, creando a su vez una sensación insana de incertidumbre.

Cuando nos posicionamos con esta emoción y permitimos que ella se apodere de nosotros, la sensación de querer, anhelar o ansiar algo cada vez va a más, restándonos libertad. No existe el límite. Sólo hay que observar por ejemplo el poder e influencia que tiene sobre nosotros todo tipo de anuncios publicitarios, creando una necesidad que en el acto sentimos que debemos satisfacer.

Gracias a la emoción del deseo, la sociedad consumista en la que nos hemos convertido es posible, y sumamente rentable y esto lo saben de sobra las compañías de publicidad y lo utilizan a conciencia. Por otro lado, habrá quién entienda e identifique únicamente al deseo como aquel que sentimos sexualmente. Pero éste solo conforma una pulsión física, dentro de la emoción del deseo.

deseo y pasion

Cuando el deseo te lleva a vivir condicionado por las expectativas

El deseo es el responsable de vivir pendiente constantemente de la expectativa, en ese anhelo perenne que pareciera a veces que se nos va la vida, esperando hasta el momento de poder satisfacerlo. Hace que nos metamos de lleno en la piel incontrolada del placer o del dolor. Buda nos enseñó que el deseo (así como la pasión) es una emoción de extremos, o nos puede ayudar a experimentar una mayor libertad y alegría a través del placer, o puede causarnos el peor de los sufrimientos.

Puede ser que lo que deseemos sea éxito, riqueza o fama, quizás los deseos más primarios de los seres humanos, pero también los más comunes, porque tienen que ver con la necesidad y creencia de “ser alguien” al identificarnos con estos valores. Pero también puede tener un sentido más altruista como el de ayudar a los demás, encontrar el sentido de la vida, de Dios, o simplemente el de encontrar un amor para toda la vida.

La manera en la que nos monitorea la emoción del deseo es proyectándonos hacia un punto, con la misma fuerza inicial e impulsiva de un cohete antes de ser lanzado. Sea cómo sea, en su forma más pura, ese deseo primario no es positivo ni negativo, pero puede convertirse en cualquiera de los dos en un momento dado, dependiendo de a que lado de la balanza nos balanceemos.

el deseo de ser alguien

Cuando el deseo hace que nos enfoquemos en las expectativas perdemos la perspectiva, porque nos queremos anticipar inconscientemente a lo que está por llegar y esto provoca que la energía se detenga, estancando nuestra atención y multitud de posibilidades. De esta manera nos negamos que la vida nos regale lo mejor para nosotros porque estamos impidiendo que la energía fluya.

Y curiosamente, lo mejor siempre suele ser aquello que menos esperamos. Si condicionamos nuestra vida a la espera de algo, la mente se encarga de fabricar y elucubrar todo tipo de pensamientos para poder cumplirlas, impidiendo que la vida nos sorprenda.

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Sin embargo, cuando detenemos voluntariamente ese deseo, soltamos esas expectativas y dejamos de poner nuestra atención en lo que queremos que suceda, todo empieza a colocarse, encontrando las respuestas cuando dejamos de buscar la solución y los milagros empiezan a ocurrir como por arte de magia. Cuando dejamos que nos importe el cómo conseguir que nuestros deseos se cumplan, nos relajamos y permitimos que suceda lo que tiene que pasar, entonces nuestra vida cambia y siempre para bien.

deseo de ser mejores

Cuando el deseo se descontrola, nos convertimos en ciegos emocionales

Cuando el deseo se desboca, nuestra vida se convierte en un caos, nuestra felicidad se evapora y podemos convertirnos en personas muy negativas, enfadadas y pesimistas. Con la pasión ocurre lo mismo, podemos volvernos criaturas celosas, inseguras, posesivas o asustadas. En este sentido, el amor que sentimos hacia otra persona y hacia nuestros seres queridos, procede de una misma emoción fundamental de deseo.

En realidad, siempre dependerá de la manera en la que sepamos manejar nuestro deseo, determinando así si lo que nos deparará es felicidad y alegría o por el contrario, sufrimiento y dolor. Y para hacerlo, la mejor manera es poniendo mayor atención a cuáles son nuestros patrones de conducta habituales en cuanto al deseo.

Si por ejemplo, tendemos a exagerar o magnificar nuestro deseo, anhelando unas expectativas concretas hasta el punto de volvernos obsesivos o un manojo de compulsiones, no habrá duda de que nos hemos visto arrastrados por el lado neurótico de nuestras emociones, perdiendo el control por completo y cegando nuestro entendimiento.

Desde ese momento, nuestro día a día se convierte en una montaña rusa, de subidas y bajadas emocionales. Pero este deseo, que se ha convertido en incontrolable y neurótico, no se detiene solo, porque dependerá de que lo hagamos a voluntad, trabajando mano a mano con nuestra mente para poder tomar el control de nuevo y frenarlo. En las relaciones de pareja, sobre todo, es cuando se da más este tipo de deseo insano, creando a su vez un infierno de relación.

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