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El trombón de Navidad

navidad y cuentosEra el día de Nochebuena y Shorty se dirigió al armario y sacó su viejo trombón de varas. Dió un par de emboladas, probó la embocadura y pegó un fuerte resoplido. Entonces, el instrumento exhaló dos lúgubres balidos.

– Cuelga el teléfono – se dijo a sí mismo -, que has vuelto a equivocarte de número…

Llegó hasta él el insistente repiqueteo del dedal de la señora Thompson sobre los tubos del radiador. Shorty tenía una patrona muy peculiar; era la solterona más recalcitrante e insoportable de todo Blessington, y no fomentaba, verdaderamente, la libertad de expresión de sus pupilos.

Shorty produjo dos notas suaves y burlonas con su instrumento. Dos trompetazos lo suficientemente fuertes y sonoros para que llegaran hasta el oído de su patrona. Aunque él jamás se hubiera atrevido a trompetearle en voz alta todo lo que pensaba de ella.

Escondió el instrumento debajo de su abrigo y se fue escaleras abajo. La señora Thompson lo abordó en el cuarto de estar.

– ¿Otra vez tocando su viejo trombón, Shorty? – rezongó.

– Voy a tocar unos villancicos – respondió él tímidamente.

– Los conos musicales lo hacen mucho mejor – repuso la patrona, con un convencimiento que no dejaba lugar a dudas -. Y si se pone usted a tocar villancicos, le echarán de la ciudad por perturbar la paz.

– Llevo cuarenta y cinco años viviendo en Blessington – añadió Shorty -, de hombre, de muchacho y… de renacuajo, y me gustaría saber quién es el guapo que va a intentar echarme de la ciudad.

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– El jefe de policía Nelson ha dicho que la próxima vez que vuelva usted a tocar ese trombón, se lo quita… -dijo la adusta patrona en tono de amenaza -. Ya se lo he dicho antes: los conos musicales lo hacen mucho mejor…

– ¿Y quién le tiene miedo al jefe de policía Nelson? – concluyó Shortz burlonamente.

La señora Thompson, por toda respuesta dio un bufido y se fue a poner en marcha su cono musical. Pulsó un numero, y los discos, finisimos como obleas, de agua pesada de Venus, respondieron con una maravillosa sensación de realidad. Doscientos cincuenta mil músicos de todo el mundo habían tocado para impresionar aquellos discos. Toda disonancia quedaba eliminada gracias a las propiedades peculiares de los discos de agua venusína solidificada, de poco más de dos centímetros de espesor. Si se dispusiese de un material registrador perfecto y se supiese lo que se podía esperar del órgano de Corti, situado en la estructura helicoidal del oído humano, podría, incluso, escribirse una ecuación para la música «perfecta» de los conos. Shorty soltó un gruñido y salió a la fría noche.

Escuchó. No había luna ni estrellas. Una ligera capa de nieve cubría toda la tierra. Podía ver las luces de Blessington titilando en la nieve. Podía oír voces lejanas cantando villancicos. Cada año eran menos numerosas. Y podía oír, sobre todo, los conos musicales… Desde las casas particulares, desde los bares, desde los reductos del ejército de Salvación, la música navideña se elevaba al cielo y llenaba todo el aire.

En la calle de Grover Cleveland, se podía oír claramente la dominante vibración musical del mayor de los conos musicales de Blessington. Iba a ser una hermosa noche aquella en la iglesia de Todos los Acogidos, y el reverendo doctor Blaine trataba de enfervorizarlos con su servicio religioso a la temblorosa luz de las velas.

Aquel cono habla sido traído directamente de Venus. No era un producto de una factoría terrenal, relleno de discos de agua venusina, como el de la señora Thompson, sino un verdadero y real cono de Venus, de casi dos metros de altura, con centenares de litros de agua venusina purísima en su interior, hambrientos de música… Bastaba que este contenido del cono oyese una música cualquiera, para que se solidificase una porción del agua contenida en su interior y quedase allí, como perfección cristalizada, capturada para todos los siglos de vida del cono. Llegada la medianoche, el doctor Blaine daría la señal al sacristán. Éste pondría en marcha el excitador, y el enorme cono se pondría a emitir sus armonías por todo el valle Dominic, como una bendición extraterrena, y todos se estremecerían de deleite al oír los maravillosos sonidos del cono de Todos los Acogidos. ¡Y sabrían que ya era llegada la Navidad!

La nariz de Shorty se había congelado con el frío y sus pies se habían entumecido al avanzar por la nieve helada que crujía bajo sus pisadas. En uno de sus bolsillos se veía el bulto del paquete que llevaba para el doctor Blaine, y en el otro, el regalo de Edith. Después de eso, echaría un trago muy rápido en la taberna La Pata del Perro para alegrarse un poco por ser Nochebuena; y luego, a casa, para estar en la cama a las diez con sus oídos bien rellenos de algodón… No quería oír a los conos cantar los villancicos de Nochebuena. Él había interpretado siempre su música, y así seguiría haciéndolo siempre… No tocaría jamás para los conos musicales, como los otros imbéciles músicos de la Tierra lo habían hecho, entregando sus almas a un cachivache mecánico… Él tenía algo mejor dentro de sí.

Todavía no había salido al exterior, pero algún día se lo mostraría a todos. Cuando estuviese preparado. Ninguna de aquellas interioridades de los conos cambiaba y borraba como sabían hacerlo las suyas propias, porque habían oído armonía, una armonía mejor…

Pasó resueltamente por delante de la puerta de La Pata del Perro. Había tiempo después. Algunos ciudadanos entraban ya en aquel momento para pasar alegremente la Nochebuena, y uno de ellos preguntó a Shorty cuánto tardarían en reparar su aerocoche en el garaje y cuándo estaría listo. Siempre que Shorty tenía que hacer una reparación particular, como en esta ocasión, balbucía algo acerca de las piezas que habla que obtener « de estraperlo ». El ciudadano hacia girar sus ojos y se encogía de hombros mientras sus compañeros reían…

– Cuando vinieron los conos musicales, perdimos un buen músico y ganamos un pobre mecánico – dijo uno -‘ ¿No es verdad, Shorty?

– No me hablen de los conos musicales… Ellos han labrado mi ruina…

– ¿Adónde va usted con ese viejo trombón, Shorty? – preguntóle otro -. Si le ve a usted el jefe de policía con ese trasto, me parece que lo va a meter en chirona…

– Que lo intente – cortó Shorty decidido.

Se topó con el jefe de policía una manzana antes de llegar a la iglesia. Nelson lo detuvo.

– Vamos a ver, Shorty. El pasado día 4 de julio le dije a usted que no volviese a tocar ese cacharro ni a perturbar la paz.

– Pero… si no lo estoy tocando…; sólo lo llevo conmigo.

El policía se sopló las manos y pateó el suelo con sus pies para hacer entrar en calor ambas extremidades, mientras su rostro estaba rojo, iluminado por el resplandor de las guirnaldas luminosas que servían de adorno a la noche navideña, tendidas allá arriba, sobre las luces del alumbrado público.

– Si un hombre lleva un revólver, lo natural es que sea para hacer uso de él… – repuso.

– Este instrumento es de mi propiedad privada y personal…

– También yo tengo mis derechos – replicó el jefe de policía -: proteger la paz. Ese malhadado instrumento suyo siempre la perturba cuando se toma usted dos «especiales» en La Pata del Perro. Así que entréguemelo…

-No, no lo haré…

– Se lo devolveré a usted mañana, Shorty. Prefiero meter en la cárcel al trombón, como medida de seguridad, que tener que meterlo a usted.

– ¡Váyase al infierno!

– Puede que me perdonen por haber mantenido el orden con mi medida preventiva – repuso el jefe de policía. Sus brazos fornidos arrebataron el trombón que tenía Shorty fuertemente aferrado. Éste balbuceó algo incoherente e intentó atacar al mantenedor de la ley, pero resbaló en la nieve y cayó al suelo.

– Continúe con su negocio de reparaciones – dijo el jefe cuentos navidadde policía marchándose triunfante con el trombón.

El viento frío y punzante penetró en sus ojos, que se llenaron de lágrimas mientras volvía a ponerse en pie en la calle solitaria. Sintió frío y se sacudió la nieve que habla quedado adherida a sus ropas… Y evocó aquellos tiempos en que tocaba para todos sus conciudadanos en todos los actos públicos o privados… Aquellos tiempos en que tocaba el órgano en las bodas (incluso en la de Nelson) y en los funerales (había sido un placer oírle emitir aquellos quejidos lastimeros a aquel viejo camarada), y luego dejaba el coro para tocar música alegre para los bailarines locales. Pero eso era antes de los conos musicales…

Un tufillo de cena de Nochebuena llegó hasta su nariz al avanzar por la calle donde se hallaba la iglesia. Todos estaban ocupados, febriles, alegres, fuera de sí con la Navidad. Pero para él era una agonía.

El doctor Blaine le sonrió al entrar en el escritorio, sonándose porque el calor de la estancia le había hecho fluir la nariz.

– Me alegro mucho de verle en Nochebuena – dijo el clérigo, sonriendo bondadosamente -. Como en los viejos tiempos, cuando teníamos el coro y el órgano…

Shorty le entregó su aguinaldo, recibiendo él otro regalo en justa correspondencia.

– Estoy seguro de que hoy volverá a echar de menos aquellos servicios religiosos de Nochebuena – evocó Shorty -, con la iglesia llena de gente, todos poseídos de ese sentimiento especial que da la ocasión, de la importancia de las condecoraciones; el coro, preocupado y nervioso por el programa extraordinario, que se hace interminable ante el temor de equivocarse, de dar mal una nota, cuando todos desean que salga perfecto…

– Me temo mucho, Shorty, que el significado que tiene para usted la Navidad sean las golosinas que se reparten en la rectoría a la una de la noche sonrió el doctor Blaine -. No se trata de una representación, Shorty… Es algo que tiene que ver con Cristo…, ¿comprende?

Shorty se sintió mejor después de la reprimenda. Verdaderamente, el doctor Blaine era un buen pescador de almas. Y se sentía un gran consuelo cuando alguien se preocupaba de uno…

– Sí, reverendo, lo comprendo…

– ¿Va a venir, entonces, al servicio de Nochebuena esta noche, Shorty?

El interpelado frunció el entrecejo, y dijo, todavía resentido:

– Ahora tiene usted su cono musical… El doctor Blaine le cogió por el brazo y lo llevó con él al interior de la iglesia. Allí estaba el único cono verdadero de Blessington, de casi dos metros de altura. Un montículo cónico de una blancura inmaculada, como si continuase estando en Venus. « Vivía » con el sonido, sin voces dominantes, sin explosiones, sin disonancias. «Vivía» con la música, añadiendo a su repertorio todos los sonidos agradables que oía, hasta que toda su agua se solidificaba, y entonces ya no podía oír ni recordar más.

Cerca de él estaba el cono excitador, un magnetófono casero corriente con forma de cono, que producía las primeras notas en el tono deseado y luego las entregaba amplificadas al cono musical, el cual las reproducía a la perfección, sin escamotear un solo armónico de todos los músicos o cantantes que habían tocado o cantado para él. Un decibelio de ganancia, y si se ponía el pequeño cono excitador alto, el cono venusino elevaba tanto su volumen que podía estremecerse la iglesia en sus cimientos, desparramando sus tremulantes armonías por toda la extensión del valle Dominic.

– Aquí – dijo el doctor Blaine – tengo a todos los grandes artistas que han impresionado música de Navidad, Shorty. Las mejores voces y los mejores conciertos…

-Lo sé…

– La gente necesita el solemne aparato de la música sacra para comprender el espíritu navideño en estos tiempos comerciales.

– Sí…

– Este cono era un pequeño montículo de Venus la noche en que Cristo nació en Belén, Shorty. Hace veinte años que está en la Tierra, incorporando la música sacra más bella y más pura a su ser.

– Sólo hace cinco años que está en Blessington – intervino Shorty -, mientras que yo llevo aquí cuarenta y cinco, como hombre, como muchacho y como molécula…

El doctor Blaine suspiró.

– A nadie le interesan ya el viejo coro y el viejo órgano, Shorty. Cuando toca el cono regresamos, a través de los siglos, hasta Belén, contemplamos los milagros a la orilla del mar Rojo, estamos en el Cenáculo la noche de la última Cena y caminamos con Cristo por la vía de la Amargura hasta el Calvario…

– Un par de veces yo también conseguí arrebatados a todos con ese viejo órgano que tiene usted arrinconado en el sótano.

– ¿Y por qué no tocas para el cono, Shorty? – dijo el doctor Blaine -. Toca para el cono y hazle oír y recordar tus notas para que las conserve con las de los músicos más grandes del mundo.

Shorty se aclaró la garganta.

– Estaba pensando decirle a usted, reverendo… He estado mirando hoy su aerocoche… Necesita una pala nueva para el motor.

En el silencio que siguió, el doctor Blaine se encogió de hombros y luego atravesó la nave de la iglesia y abrió las vidrieras de cristales policromados que había detrás del cono. Shorty sabía perfectamente por qué hacía eso. Faltaba ya poco tiempo para que el cono empezase a expandir por todo el valle sus notas armónicas. Era gracioso: a nadie se le había ocurrido jamás, en los viejos tiempos, abrir las vidrieras para que la música del viejo órgano saliese al exterior. Y era tan buena como ésta… Un cantor de coro resfriado…

– Has perdido muchos amigos en estos últimos años, Shorty – prosiguió el doctor Blaine -. Hasta Edith dice que no haces más que atormentarla. Creo que necesitas venir a la iglesia…

– Es una creencia, reverendo – dijo Shorty sin convicción alguna. Luego, se volvió para desear -: ¡Felices Pascuas!

– ¡Felices Pascuas! – dijo el doctor Blaine con acento triste viéndolo marchar.

Edith usaba flequillo. Y a su cara redonda no le sentaba nada bien. Pero hacía ya mucho tiempo que Shorty había dejado de fijarse en la cara de Edith, porque debajo de su barbilla ella era toda una mujer. Tenían una ponchera llena de ponche de Navidad y tomaron una copa. « Después de todo -pensó él, – está muy bonita con su vestido nuevo de Pascua».

– Estoy pensando que voy a ir a la iglesia de Todos los Acogidos esta noche – dijo Edith -. ¿Y tú, qué vas a hacer?

– Yo estoy pensando en asaltar la cárcel…

-¿Por qué?

– Porque han arrestado a mi trombón.

Los ojos de ella se burlaron de él.

– No te preocupes más de tu trombón, muchacho… Cuando el cono de Todos los Acogidos se ponga a tocar, a nadie se le ocurrirá prestar atención a tu absurdo instrumento.

– Pues en otros tiempos…

– ¡Deja ya eso, Shorty! En otros tiempos tú eras algo más que un simple mecánico, reparador de aerocoches. Entonces te presentabas ante el pueblo y tocabas tu música para él. Pero ahora no eres más que el viejo Shorty, mecánico del taller de reparaciones de aerocoches, con una pensión de músico jubilado…

El rostro de Edith tenía un gesto increíblemente dulce, iluminado por el resplandor opaco y multicolor de las luces del árbol de Navidad, un buen árbol artificial con proyecciones en forma de bombillas eléctricas que formaban parte de la misma planta y, sin embargo, se encendían como luces de colores, más hermosas que las de los árboles de Navidad que estaban de última moda. Y estaba aprobado, además, por la unión de aseguradores, pues el árbol generaba por sí mismo la corriente eléctrica necesaria para su servicio y estaba construido a prueba de golpes.

– ¿Qué estás intentando decir?

– Quizá que estoy cansada de esperar en vano algo que no acaba de llegar… Quizá que voy a ir a la iglesia esta noche, sea como sea, con… Del Gentry.

– Creo que es perfectamente legal – dijo Shorty -, siempre que me libres de esa fiesta de Año Nuevo en Kingsbury.

– El día de Año Nuevo voy a ir a la fiesta de Del Gentry – repuso Edith -. Estoy cansada de tener por compañía a un viejo y amargado reparador de aerocoches…

Él no pudo contenerse y derribó el árbol de Navidad de un violento manotazo. Ella, entonces, se sentó con una sonrisa fija en su rostro, su copa de ponche ante sí y sus brazos apoyados sobre la mesa. Como alguien que ha dicho algo mucho tiempo esperado.

– ¡Fónico! – gritó Shorty exaltado -. Como los conos musicales… ¡Todo es fónico!

– Pues claro que sí – exclamó ella-. Todo lo que ha sido inventado desde que tenias veinte años, es fónico, Shorty. Pero el mundo sigue progresando. Ese árbol es mejor que los antiguos, y los conos musicales hacen mejor música que la vieja música…

Shorty arrancó de su estuche el pequeño cono musical casero que estaba encima del aparador y lo hizo pedazos contra la pared. Los pequeños discos en forma de oblea, que almacenaban la música más bella jamás oída, rodaron por el suelo describiendo círculos caprichosos.

Edith no se movió.

– Ya nunca tendrás veinte años, Shorty, y jamás volverás a aspirar deleitándote el aroma embriagador de los manzanos en flor en primavera…

– ¡Yo tengo un alma! – vociferó Sborty ya fuera de sí-. ¡No soy un reparador de aerocoches!

– Tú tienes un yo – repuso ella.

Shorty, aturdido, salió corriendo de la estancia dando un portazo.

– ¡Felices Pascuas! – murmuró Edith mansamente.

El jefe de policía Nelson estaba en la taberna La Pata del Perro. Shorty se fue directamente a la cárcel y se sentó a la mesa de despacho con el alguacil.

– ¡Hace frío afuera!, ¿eh? – exclamó éste.

– Sí…-. Las manos de Shorty habían dejado, al fin, de temblar.

– Dijo el jefe que andaría usted rondando por aquí – agregó el alguacil-, y que le dijese que no podía tocar el trombón.

– ¿Quién habla de tocar trombones? – inquirió Shorty -. Yo tengo mi pensión de músico jubilado.

El alguacil se inclinó hacia delante. No había nadie en la cárcel y estaba aburrido. Y parecía que se presentaba una diversión.

– ¿Qué pensión es esa…?

– Cuando llegaron de Venus los conos musicales, las compañías líricas tuvieron la noble idea de darle a cada uno de los que poseían una tarjeta de músico profesional la cantidad de « pasta» necesaria, según sus cálculos, para vivir razonablemente, en forma de pensión vitalicia. Y además subvencionaron a las escuelas de música para que los chicos…

-¿Sub… qué?

– Dieron « pasta»… – explicó Shorty, abreviando – para que los chicos que quisieran aprender música tuvieran la oportunidad de tocar… para los conos musicales. Luego, los conos engullen su música, y se atiborran con el producto de los jóvenes talentos. Mientras los gobernantes siguen comprando nuevas armonías para alimentarlos… Pero ya no hay música verdadera, creada por un genio musical e interpretada en toda su pureza, sino música adulterada…

– ¿Y nunca tocó usted para los conos?

– ¡Nunca!… Me lo pidieron, pero siempre he rehusado: no me agrada… Si uno se pone a tocar delante de un cono verdadero, su música quedará grabada en él para siempre. Pero los conos musicales sólo registran lo mejor de su música y eliminar el resto.

– Se encogió de hombros -. Sorben el alma que el artista pone en la música. Yo todavía conservo mi propia estimación, aunque sólo toque para mi…

Con astuta facilidad, Shorty abrió sigilosamente con la punta del pie el último cajón de la mesa de despacho del jefe de policía y vio brillar en su interior el cristal de una botella.

– Yo no sé… – intervino el alguacil -, pero cuando mi cono musical toca una melodía triste, me parece que me entran ganas de llorar. Y si la melodía es alegre, me hace reír. No soy demasiado aficionado a la música, pero estos conos me hacen vibrar más que la música antigua.

– ¿Y por qué no? Ellos se han apoderado de las almas de todos los mejores músicos de la Tierra…-. Shorty atisbó el interior del cajón-. Parece que hay aquí una botella… – dijo.

El alguacil atisbó a su vez.

– ¡Oiga!… ¡Tiene usted razón!

– Y parece una botella de whiski… – prosiguió Shorty.

El gesto de la cara del alguacil era casi angelical.

– Pues claro que lo es… – exclamó entusiasmado -. ¿Cómo habrá venido a parar esa botella a esta vieja cárcel?

– Pues está al alcance de la mano – insinuó Shorty.

– Por Dios que sí – dijo alborozado el alguacil, alcanzando la botella.

Entonces Shorty, al agacharse su interlocutor, le golpeó en la nuca. El hombre no dijo ni Pío y cayó de bruces al suelo, inconsciente, mientras su agresor murmuraba «¡Felices Pascuas!» y registraba los bolsillos de su víctima en busca de las llaves de la caja de seguridad del jefe de policía Nelson.

Era medianoche. Shorty se hallaba bonitamente en el valle, fuera de la ciudad. La luna era llena y grande y brillaba extrañamente en un cielo de azul purísimo. La nieve pulverizada le entumecía los pies; el aire frío penetraba en sus pulmones como agujas sutiles que los punzaban dolorosamente. El trombón se notaba también frío bajo los guantes. Allá lejos podían verse las luces de las puertas y las ventanas de la iglesia de Todos los Acogidos danzando en la noche.

De repente, se le ocurrió pensar en sí mismo: « ¿Qué estoy haciendo aquí solo?», – se preguntó. Y se contestó a sí mismo -:

«He salido de la ciudad para tocar una vez más mi trombón». Sus manos temblaban de frío y de emoción al quitarse los guantes.

«Al hombre le gusta tocar el trombón; el hombre tiene que tocar el trombón », – dijo, dirigiéndose a un conejo que había irrumpido en escena, saliendo de debajo de una mata y volviendo a retirarse de nuevo rápidamente.

Contempló las silenciosas colinas cubiertas de nieve y luego se volvió hacia las luces familiares de la iglesia de Todos los Acogidos y comprendió que ésta iba a ser la última vez que tocase el trombón. «De no ser así, te hubieras ido a las montañas a ocultarte» – se dijo a sí mismo.

Dio un potente resoplido al instrumento. Sonaba realmente fuerte. Y se estremeció de sorpresa cuando oyó que el cono musical en la iglesia le contestaba en la misma forma.

Shorty hinchó su pecho con el aire puro del valle. Recordó todos los años pasados en la iglesia y cómo se habían ido y se sintió triste. Para alejar de sí la melancolía, decidió tocar algo alegre, e inició Gozo en el mundo. Y aunque las notas salían de su instrumento tristes y melancólicas, él se sentía cada vez más alegre, más dueño de sí y soplaba con todas sus fuerzas… «¿Qué te parece esto, cono? », preguntó en voz baja.

navidadY como si le respondiese, el cono musical, desde la lejana iglesia, le devolvió las notas de Gozo en el mundo. Sorty se quedó estupefacto, porque el cono había captado claramente algunas de sus propias notas. Y pudo ver a algunos de sus conciudadanos, todavía fuera de la iglesia, que se volvían hacia la colina donde él estaba. Por Dios que debían de haberlo oído. Y el cono también. El viejo Blaine debía de haber girado el cono hacia las ventanas cuando oyó aquel trompetazo de desafío.

Sintió frío y calor al mismo tiempo en su interior. Pensó que todo era mudable y nada realmente eterno y que pronto iba a tener la última oportunidad de tocar su propio trombón. Se sintió aturdido por un sentimiento de ira, de burla y de tristeza, y de repente comprendió que su música era mala, verdaderamente mala. Algo le hacia emprender un nuevo camino, un camino dignificado, el camino verdadero…

Noche en calma. Ni demasiado fuerte ni demasiado suave. Firme y claro y seguro. Comenzó a llorar al oír su propia música. No pudo evitarlo. El tono era melancólico y noble, y parecía abarcarlo todo y la circunstancial opresión que sentía en la garganta le daba al viejo instrumento un trémolo que antes nunca había tenido:

Noche en calma, noche santa, noche de felicidad…

El cono permanecía silencioso, escuchando. Shorty podía sentir materializada su presencia. Un momento antes había estado explorando el valle con sus notas. Y ahora estaba comparándolas con las que emitía el viejo trombón tocado magistralmente por el antiguo organista.

«Suavemente, muy suavemente – le dijo éste -. ¡Shorty, por Dios, que ahora es cuando vamos a conseguirlo! ».

Durante cuarenta y cinco segundos alcanzó el plano artístico con que había soñado toda su vida. Durante cuarenta y cinco segundos interpretó una música que jamás había sido interpretada antes por ningún ser humano ni extrahumano, ni volvería a ser interpretada jamás. Era uno de esos momentos en que todo parece congregarse para que algo salga perfecto. Aquella música era clara y limpia y, al mismo tiempo, humana y divina…

Noche en calma, noche santa, noche de felicidad, con el Niño la Virgen está, el Dios Niño que nos trae la paz…

Una vez que terminó, dejó pasar un tiempo prudencial para empezar de nuevo, empleando su viejo instrumento como un excitador del cono. Luego, se quedó silencioso, con la embocadura del trombón todavía en sus labios, incapaz de moverse.

Y entonces llegaron hasta él, durante cuarenta y cinco segundos, aquellas notas dulces, tiernas, suaves, inolvidables, sin añadir ni quitar nada a aquel solo del viejo trombón. En la réplica del cono musical no había más sonido que el suyo propio, el de la música que acababa de interpretar, poniendo toda su alma, en su querido instrumento. El cono habla escuchado en silencio y había comparado aquella música con la que tenía almacenada después de varios siglos de experiencia. Y habla comprendido que era buena – toda ella – y no tenía que añadir ni quitar nada…

En Belén, en Venus y en todo el espacio creado aquella música era la perfección materializada.

Shorty retiró sus labios del trombón y lo apartó de sí todo cuanto pudo. No había necesidad de tocar más…

Teniendo influencia o amigos, se puede asistir a los famosos servicios religiosos de la iglesia de Todos los Acogidos, de Blessington, en los que se interpretan los famosos solos de música de trombón. Lo que ya es más difícil es asistir a esos servicios el día de Nochebuena. Cuando se interpreta la versión original de Noche en calma en el trombón de Navidad, todo el que la oye se siente verdaderamente dichoso, porque esa melodía penetra en nuestro ser inundándolo de una sensación hasta entonces desconocida que jamás se puede olvidar. Se han impresionado millones de discos para los magnetófonos caseros, pero no es lo mismo…

Y si se mira allí hacia la derecha, se ve un hombrecillo rechoncho, sentado en un banco particular, llevando el compás con la cabeza y sonriendo. Cuando tocan el trombón de Navidad todos los habitantes de Blessington miran hacia él con cierto temor. Y su esposa, Edith, sonríe burlonamente. Y hace bien en sonreír. Aquel hombre es Shorty Williams, el mejor reparador de aerocoches del valle Dominic, y el hombre que enseñó a los conos musicales cómo se tocan los villancicos…

Raymond E. Banks

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