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El enigma del destino y del libre albedrío ha dejado perplejos a los más grandes pensadores que haya conocido la historia del hombre. De igual manera que la Filosofía y la Religión, la Astrología y la Psicología se han dado golpes contra la pared con este enigma y han intentado expresarlo en su propio lenguaje, como respuesta a la cuestión de si existe realmente algo a lo que se pueda llamar una elección predestinada.

Las escuelas del pensamiento psicológico, cada cual a su manera, están investigando aspectos del mismo problema: hasta qué punto el comportamiento de los hombres está condicionado por la herencia genética familiar, hasta qué punto por la sociedad en la que vive, hasta dónde por el deseo consciente del propio individuo. Es probable que, como muchas otras cuestiones profundas, la respuesta a esta incógnita universal consista en última instancia a que sea una paradoja.

El destino y el libre albedrío de siempre han sido cuestiones filosóficos importantes, pero que no sólo tienen que ver con el mundo metafísico, sino también con pautas psicológico-ancestrales de nuestras relaciones. ¿Qué tipo de elección se opera cuando alguien se enamora? ¿Cuál es la elección implícita en el nacimiento de un niño, que en sí mismo lleva su propio temperamento innato, el cual puede o no desarrollarse de acuerdo con los designios de sus padres? ¿Qué clase de elección tiene uno cuando su pareja lo abandona, pese a sus más nobles esfuerzos por mantener intacta la relación? ¿Y qué papel desempeña la elección en el daño que con tanta frecuencia provoca una niñez difícil, y que para desenmarañarlo nos cuesta, en ocasiones, una vida entera de lucha?

Hay personas que prefieren creer que todo en la vida es azar y está sometido exclusivamente a los caprichos de la casualidad. Este es un punto de vista tranquilizador en cierta medida, porque mitiga la carga de la responsabilidad personal. También hay personas, y en Oriente se las cuenta por millones, que creen que la vida fluye totalmente de acuerdo con la predestinación derivada del Karma de cada uno, de los efectos de causas que arraigan en encarnaciones pasadas; y esta posición también es consoladora, porque lo absuelve a uno de responsabilidad en el presente. Finalmente, hay quienes creen que la propia voluntad es el factor determinante de nuestro destino, y ésta es una actitud un poco menos reconfortante, porque habitualmente la vida nos pone frente a cosas que no es posible alterar por un esfuerzo de la voluntad, ni siquiera de la más poderosa.

Evidentemente, en muchos de nosotros hay una especial resistencia a hacer frente de manera creativa a esta cuestión del destino y el libre albedrío, ya que profundizar demasiado en ella sería el equivalente de asumir una responsabilidad para la cual no estamos preparados, e incluso, quizás, ni siquiera equipados. Sin embargo, debemos creer hasta cierto punto en el poder de la elección porque sin ella nos hundimos en el desvalimiento y la apatía, y debemos tener cierta fe en las leyes mismas de la vida, y por ende en la Astrología, que nos guían, para que con su funcionamiento no nos dejen irreparablemente destruidos.

Una breve consideración de cómo funciona en Psicología la sombra, las imágenes de los padres que residen en las profundidades de la psique, las energías dinámicas del Anima y del Animus, pueden ayudar a iluminar la extraña paradoja que expresan algunos al afirmar que el destino y el alma son una y la misma cosa. En Astrología, la carta natal es la semilla, y es verdad que de las semillas de pera nacen perales; nos asombraría que fuese de otra manera. No es difícil apreciar que el horóscopo natal no es más que el reflejo de una reserva de potencialidades que el individuo puede utilizar para actualizar su vida y hacer disposición del libre albedrío, eligiendo en cada momento qué hacer con ella, pese a cargar sobre sus hombros con la herencia genética, la ancestral y la de su propio Karma.

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